17 de abril de 2024

No necesitamos «limpiar» los montes.

Se propaga por las redes sociales y en los medios de comunicación, cada vez que surge algún episodio de incendios forestales en nuestro país: «El monte está sucio». Lo dicen desde el mundo rural, especialmente alcaldes de esa «España vaciada» que se queja de la despoblación y achaca la problemática de los incendios al abandono progresivo de los pastos. Se trata de una estrategia bien orquestada para desviar el foco de la atención y hacer creer a la sociedad que la culpa de los incendios forestales la tiene la propia víctima: El monte.

En la última década. se ha incrementado un 12% el número de grandes incendios forestales, siendo provocados en el 99% de los casos.

Nada más lejos de la realidad. El problema de los incendios forestales no es que el monte esté lleno de maleza o de matorral, el problema es el mechero que alguien acciona por algún tipo de interés. Hablan de «pirómanos», pero quien realmente acciona el mechero no es ningún loco o desequilibrado que anda por ahí prendiendo fuego a los montes porque se aburre. Hay intereses detrás, y en la inmensa mayoría de los casos, el objetivo único es generar pastos para el ganado. Pude escucharlo en varias ocasiones, durante mi etapa de vida rural en los Picos de Europa: «Ese matorral no vale para nada». Lo decían una y otra vez los ganaderos, que consideran que sólo tiene «valor» lo que nutre a su ganado, es decir, lo que favorece a su explotación. Lo demás no vale para nada (más que para ser pasto de las llamas).

Véase en este mapa dónde son más frecuentes los incendios: Galicia, Asturias y Cantabria, las tres comunidades más «ganaderas» de España.

Ciertamente, la despoblación rural y el abandono de los usos tradicionales del territorio han afectado mucho a nuestros montes. Los cambios socioeconómicos y la PAC (Política Agraria Común) han hecho desaparecer numerosas explotaciones agrícolas, ganaderas y forestales. Como consecuencia, los campos y los montes que antes eran «trabajados» por la población rural, se llenan ahora de vegetación natural, convirtiendo lo que antes eran pastos en matorrales que, progresivamente, darán paso a la regeneración de los bosques. La expansión de esta vegetación «no deseada» conlleva a la errónea percepción de que el monte está “sucio” o lleno de “maleza”.

La renaturalización pasiva es muy evidente en la Cordillera Cantábrica: Los matorrales recolonizan progresivamente los pastos abandonados.

En las repoblaciones forestales ocurre algo parecido. Durante los primeros años, mientras el suelo se adapta, se produce mucha mortalidad natural y caen muchos árboles. Esa madera en descomposición, además de fijar biodiversidad, es el principal aporte que garantiza la regeneración de un suelo forestal. Por eso no se debe retirar, aunque de la sensación de «abandono» o «suciedad».

La mortalidad natural en los pinares de repoblación fija la biodiversidad y garantiza el aporte de materia orgánica al suelo.

Desde el punto de vista científico, la recuperación espontánea de los ecosistemas después de una intervención humana, tiene un nombre: Renaturalización pasiva. Allí donde se deja de «trabajar el monte» (ya sea pastorear, quemar, talar…) se produce el proceso espontáneo de la sucesión ecológica. Los campos y pastizales abandonados se transforman primero en matorrales, y estos a su vez en bosques, gracias a la colonización progresiva por diferentes especies de plantas. Cuando alguien dice que el monte está “sucio”, en realidad se está refiriendo a un estado más en la dinámica sucesional del ecosistema.

La renaturalización pasiva conduce a la regeneración de los bosques, y una de las primeras consecuencias es el incremento de la biodiversidad. Pero más allá de los beneficios que trae para la biodiversidad, probablemente el más importante de los beneficios sociales es que estos ecosistemas forestales regenerados de forma natural, almacenan grandes cantidades de carbono. Nuestros bosques están entre los ambientes con mayor capacidad para acumular carbono de la península ibérica. Por tanto, debemos considerarlos como una importante solución para la descarbonización climática. Cada planta cuenta, cada matorral cuenta, cada árbol cuenta en la tarea de absorber toneladas y toneladas de CO2.

En la actualidad, los bosques no llegan a ocupar ni un tercio de su área potencial.

Otro beneficio de estos matorrales y bosques, es que son capaces de amortiguar la escorrentía, ya que actúan como esponjas frente a la lluvia y la nieve. De esta manera, evitan la pérdida de nutrientes del suelo y la erosión del terreno, protegiéndolo frente a deslizamientos, riadas o aludes, especialmente en las zonas montañosas con grandes pendientes.

También hay que considerar que la renaturalización genera beneficios económicos a la población rural, a través del turismo atraído por los espacios mejor conservados. Los bosques proporcionan bienes comercializables. Tal es el caso del ecoturismo del oso pardo en la Cordillera Cantábrica, del ecoturismo del lobo en la Sierra de La Culebra, o el turismo de setas, de paisajes, de bosques… Incluso el auge del turismo rural se debe a esta renaturalización de los montes.

El «turismo lobero» ha convertido a la Sierra de La Culebra (Zamora) en uno de los destinos de ecoturismo más importantes de Europa.

Dejemos pues que los montes «se ensucien», especialmente allí donde dejan de ser usados por el hombre. La renaturalización debería estar incorporada en la agenda política y en la gestión de los montes, en lugar de acusarla de ser la causa de los incendios.

Miguel Ángel López Varona

Biólogo, Educador Ambiental y Guía de Montaña.

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