2 agosto, 2021

La convivencia de la ganadería con la biodiversidad es posible y necesaria.

A estas alturas nadie puede negar que la problemática del lobo ibérico con respecto a la ganadería lleva décadas enquistada, estimulando todo tipo de reacciones, hasta el punto de despertar nuestros instintos más primarios. Al hilo de la reciente inclusión del lobo ibérico en el Listado de Especies Silvestres en Régimen de Protección Especial, y la tormenta que se ha desatado en ciertos sectores del mundo rural, nos parece oportuno aportar nuestro punto de vista, desde una óptica científica, y siempre con el máximo respeto a todas las opiniones.

Avanzamos hacia una sociedad que se sensibiliza cada vez más por las causas medioambientales y climáticas, por cuestiones obvias. Pero el medio rural, que no para de reivindicar mayores atenciones y servicios que le permita vivir menos aislado de la sociedad, se resiste a la imposición de medidas de gestión del medio ambiente, por ser ajenas a sus costumbres ancestrales.

A la población rural siempre se le ha otorgado el ejercicio de “guardián y custodio” de los campos y de los montes, pero tiene que comprender que el patrimonio de la biodiversidad no le pertenece, ni puede hacer con él lo que le venga en gana, sin dar explicaciones. Respecto al medio ambiente, demasiados episodios de nuestra historia más reciente obligan a la sociedad a “tomar cartas” en el asunto. Todos sabemos que la inmensa mayoría de los incendios forestales en Galicia, Asturias y Cantabria, tienen su origen en intereses ganaderos. Y todos sabemos que la causa del declive de las especies más emblemáticas de nuestra fauna (Lince Ibérico, Oso Pardo, Urogallo, Lobo Ibérico…), ha sido la caza descontrolada, ya sea furtiva, “deportiva” o “de gestión”.

Hoy día, nadie en su sano juicio plantearía un exterminio total del Oso Pardo o del Lince Ibérico, por poner un ejemplo. Quizás sea porque apenas quedan 200 ó 300 ejemplares en toda nuestra geografía, pero hasta el mundo rural ve con buenos ojos su protección. Nosotros hemos sido testigos directos de las reacciones de admiración que suscitan estas especies entre la población rural, incluso entre los propios cazadores. Entonces, ¿qué ocurre con el Lobo Ibérico? ¿Tenemos que esperar a que nos queden 200 ó 300 ejemplares?

Una cosa que tenemos muy clara es que no se puede defender al lobo ignorando lo que tiene que decir el sector ganadero. Después de varios años de trabajo y experiencia en el mundo rural, podemos afirmar categóricamente que la convivencia de la ganadería con la biodiversidad es perfectamente posible, y en el caso concreto del Lobo Ibérico tenemos multitud de ejemplos de convivencia, repartidos por todo el territorio, especialmente en las zonas con mayor “densidad lobera”, como pueden ser la Sierra de La Culebra o la Montaña de León. A lo largo de nuestra trayectoria como empresa de Ecoturismo, hemos tenido contacto directo con el mundo rural, contribuyendo a su desarrollo económico a través de actividades sostenibles y respetuosas que llevan turismo a sus pueblos. Ello nos ha permitido conocer de primera mano cuál es el día a día de ganaderos como Adrián, propietario de un rebaño de más de 1000 ovejas, que entre los meses de mayo y octubre vive en su majada acompañado de 12 mastines. Adrián sabe mejor que nadie lo que es mantener una cabaña ganadera en un territorio donde viven varias manadas de lobos. Sentados en nuestro vivak junto al fuego, mientras nos preparamos una cena, Adrián nos cuenta que vive feliz con su ganado, que adora su trabajo y que no lo cambiaría por nada del mundo. Él podría decirnos que el Lobo es el mayor de sus problemas, pero no es así. Adrián se queja de muchas cosas, y no, no le gusta el lobo, no deja de ser un “enemigo” para él, porque dice que en cualquier descuido puede sufrir un ataque. Los ve con frecuencia, sabe que están ahí, pero lo cierto es que en los últimos cinco años no ha tenido ningún problema con el lobo. Tiene claro que esas manadas “no meten el hocico” en su majada.

Adrián vive con su ganado en la Majada de Cacabilos (Montaña de Luna, León), en plena Cordillera Cantábrica.

Ejemplos como el de Adrián hay muchos, tanto en la montaña cantábrica como en la Sierra de la Culebra, y ahora también empieza a haberlos en territorios del Sistema Central, donde el lobo parece querer “recuperar” el espacio que legítimamente ocupó durante siglos. La “guerra” entre el lobo y el mundo rural la plantean los de siempre, un pequeño sector de la ganadería que, yendo de la mano del colectivo cinegético, sabe meter “ruido” en las redes sociales y en los medios de comunicación. No quieren oír hablar del lobo ni nada que tenga que ver con su protección. Se quejan del “abandono” que sufren por parte de las administraciones, pero se empeñan en poner al lobo en el foco de sus problemas, olvidándose de los precios que intermediarios y grandes corporaciones pagan por sus productos, para luego venderlos al consumidor multiplicados por cien. Dicen que hay “superpoblación” de lobos, pero nada más lejos de la realidad. Es lógico que un ganadero que ha sufrido un ataque, piense que hay “superpoblación”, pero si nos atenemos a los estudios que se han ido realizando durante los últimos años, no estamos ni de lejos en una situación de “superpoblación lobera”. Lo lamentable de esta situación es ver a los alcaldes, consejeros y presidentes de algunas comunidades autónomas, poniéndose del lado de los “alborotadores”, no vaya a ser que se pierdan algunos votos por ahí.

Llevamos arrastrando esta problemática varias décadas, y da la impresión de que no llegamos a una solución. Se están matando lobos a “diestro y siniestro”, por encima y por debajo del Duero, con el amparo de las administraciones, y muchas veces vulnerando la normativa europea. Sin embargo, el supuesto problema, lejos de desaparecer, parece hacerse cada vez mayor. La solución existe, lo saben los cientos de ganaderos que conviven con el lobo,  y lo saben los biólogos que llevamos años advirtiendo de que el problema viene de la nefasta gestión cinegética que se ejerce desde las administraciones, priorizando siempre los intereses del sector cinegético, sin escuchar si quiera lo que tienen que decir los técnicos y especialistas, que son los que conocen cómo funcionan y cómo se pueden gestionar adecuadamente las dinámicas poblacionales de la fauna salvaje, para que interfieran lo menos posible con la ganadería. Si la pandemia ha traído algo bueno, es que por fin los políticos han empezado a escuchar los dictámenes científicos, y ya es hora de que hagan lo mismo con la gestión de la biodiversidad.

Antes de adoptar medidas, hay que conocer la biología del lobo, hay que saber cómo funcionan sus dinámicas poblacionales y las de sus presas “naturales”, y hay que conocer cuál es la incidencia real de la caza deportiva y de los “controles cinegéticos” que se ejercen desde las administraciones. El lobo ibérico fue llevado al borde del exterminio a finales de los años 60 por la “Ley de Alimañas”, una ley ancestral que se mantuvo durante siglos, y que fue impulsada en 1953 por el dictador Franco, a través del Ministerio de Agricultura. Félix Rodríguez de la Fuente logró concienciar a la sociedad española y consiguió sacar a la especie de aquel catálogo de especies “malignas”, pasando a ser catalogada como especie cinegética (es decir, sometida a control cinegético). A partir de los 80 el lobo comenzó a recuperarse y fue poco a poco regresando a los territorios donde siempre vivió (menos en el sur, donde su exterminio ha conducido al declive total).

El Lobo Ibérico (Canis lupus signatus) es imprescindible para garantizar la salud de nuestros ecosistemas.

Vamos a tratar de explicar lo mejor posible algo de la biología del lobo, para que se entienda cuál es el problema. Cuando un lobo adulto abandona la manada en la que se crió tiene dos opciones: O se enfrenta al macho “alfa” para arrebatarle el control de la manada, o se marcha y recorre largas distancias en busca de un territorio que le garantice caza y pareja para formar la suya propia. Durante ese período, su único sustento es la caza digamos “menor”, es decir, topillos, conejos, liebres, lagartos, carroña… lo que encuentre a su paso. No se puede permitir el “lujo” de cazar un corzo, un ciervo, y mucho menos un jabalí, salvo que se los encuentre enfermos, heridos o moribundos. Por eso no desaprovecha la oportunidad cuando se topa con un ternero, o con un rebaño de cabras y ovejas, de ahí la importancia de los perros, los burros, las barbacanas y todos los mecanismos de defensa y protección que utilizan los ganaderos que viven en territorio “lobero”. En cuanto ese lobo encuentra pareja forma su manada, aceptando la incorporación de otros lobos o lobas que lleguen a su territorio, porque el lobo antes que nada es un “cazador social”. A partir de ese momento, el objetivo de la manada es el el corzo, el ciervo, el jabalí… y automáticamente cesan las incidencias con el ganado. Un “alfa” organiza y dirige las cacerías, y jamás va a atacar a una cabaña ganadera con su manada, porque eso es señal de debilidad jerárquica. Pero cuando sus presas “naturales” escasean por la enorme presión cinegética que se ejerce en sus territorios, si no les queda otra, van a ir a lo fácil para subsistir. Y si encima de todo eso, esos “controles” orquestados por la administración sin ningún tipo de criterio científico, disparan contra el lobo equivocado (algo que sucede en la mayoría de los casos), la manada se queda descabezada o desestructurada, y ya tenemos a 6, 8 ó 10 lobos solitarios en busca de territorios y causando problemas a la ganadería.

La intención del Ministerio de Transición Ecológica con la inclusión del lobo en el listado de especies protegidas (que apoyó más de la mitad de las comunidades autónomas), es que a partir de ahora los controles poblacionales del lobo se hagan bajo criterios estrictamente técnicos y científicos. No los puede hacer como hasta ahora el “gestor de turno”, apoyándose exclusivamente en lo que le dicten los alcaldes, los consejeros, los representantes de los ganaderos, o los cazadores. Las decisiones deben estar supeditadas por técnicos especialistas, que son los que realmente saben cómo se puede ejercer una gestión adecuada de la fauna salvaje, para que incida lo menos posible en la ganadería. No es un ataque al mundo rural, como están diciendo; no se está empujando a los ganaderos a abandonar su oficio, ni muchísimo menos. Más bien es todo lo contrario: Se trata de poner en marcha otra forma de gestión que sea compatible con su actividad y con el máximo respeto que se merece nuestra biodiversidad. No olvidemos que esa biodiversidad es la que está animando a un creciente número de turistas a visitar las zonas rurales, contribuyendo a su desarrollo económico y a fijar más población que cualquier otra actividad.

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Miguel Ángel López Varona

Miguel Ángel López Varona

Biólogo y Guía de Montaña.

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2 comentario en “La convivencia de la ganadería con la biodiversidad es posible y necesaria.

  1. Aunque no soy ningún experto, me encanta el artículo. Gracias.
    Creo que una fórmula que facilitaría la convivencia en el mundo rural con el lobo sería el establecimiento de un seguro “público” que fuera ágil y eficaz. Un seguro que los ganaderos podrían contratar con la compañía que eligiera, a coste cero, y que resolviera la indemnización de daños de forma inmediata. La administración se haría cargo de los costes de estas pólizas .

    1. Gracias Jesús: Al igual que un agricultor decide o no la contratación de un seguro agrario, que le cubra los daños a sus cosechas por causas sobrevenidas, existen seguros para ganaderos que cubren todo tipo de daños, incluidos los ataques de lobo. Son todos ellos ágiles y eficaces, y conocemos a varios ganaderos que los tienen contratados. Gratis no son, por supuesto, ni para agricultores ni para ganaderos, pero tanto unos como otros reciben todo tipo de ayudas procedentes de la Política Agraria Común (PAC), y en el caso de los ganaderos, si justifican correctamente el ataque del lobo, reciben la indemnización correspondiente (independientemente de si tomaba medidas de protección o no). Créeme, conocemos a más ganaderos que adoran y disfrutan de su trabajo, que los que meten ruido y van de víctimas de la sociedad quejándose por todo.

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